Los padres deben inculcar a sus
hijos, desde pequeños, los principios de la fe, para
que estén preparados para que cuando llegue la edad de tomar decisiones
puedan distinguir lo bueno y lo malo de lo que se les ofrecen.
La vida espiritual es importante en cada persona. El contacto con
Dios mediante la oración es una de las acciones para que una persona
puede expresar al fiel Creador, sus inquietudes y flaquezas, así como su
agradecimiento.
Sin embargo, la vida espiritual puede ser comprendida como un hábito, estilo de vida, valor, que desde temprana edad se puede enseñar al niño.
Aunque el niño no vea o perciba visible y físicamente a un Dios invisible, sí puede conocer el valor de la fe, que permite asimilar la existencia de Dios, cuando ve el ejemplo en sus padres al tener una relación y reverencia para con Dios.
Algo que suena tan natural, no es la cotidianidad en los hogares de millones de familias. Se puede asumir que la espiritualidad es la capacidad y facultad de entablar una relación con Dios mediante la oración, además de vivenciar un estilo de vida moral adecuado. Esto presupone un cambio constante en la persona, cambio en el cual Dios le ayudará a corregir y erradicar lo que sea necesario.
Las niñas, entonces, requieren de esa fortaleza al poder contar con un Dios que les protege, les comprende y suple en sus distintas carencias. De allí que la oración constituye el alimento que introduce, consolidad la espiritualidad, o la naciente espiritualidad en los niñas.
Para ello es necesario presentarles a los niñas un Dios de amor, con unos atributos específicos y especiales (amor, misericordia, perdón, santidad, justicia, amistad, protección…), con los que puede contar en cualquier circunstancia.
Las niñas asimilan paulatinamente la importancia de Dios cuando ven el testimonio en su mayores (padres, educadores, líderes, cuidadores), y perciben que Dios escucha diversas peticiones que forman parte de la vida cotidiana (el hogar, el colegio, el trabajo…). El acto de hablar con Dios (oración) se vuelve un acto real, mediador de las necesidades de las personas.
La oración en el hogar, en el salón de clases, en el grupo, enseña la gratitud para con Dios, además de reconocer sus importantes cualidades divinas. Por supuesto que esto es posible de transmitirlo a los niños, siempre y cuando los que están a cargo de su formación integral profesan la fe y tienen en cuenta a Dios en los eventos y decisiones de su vida.
Este valor de la Fe es muy importante y no debiera aparecer tan superfluo, puesto que en la vida espiritual se encuentran incontables momentos de felicidad, plenitud y satisfacción personal. Si somos capaces de privilegiar la tecnología con sus maravillosos avances, la ciencia, las actividades recreativas, los proyectos personales, por qué no dar valor a la espiritualidad en los niños, como la forma de contribuir a la creación de una sociedad más humana, precisamente por los valores espirituales que practican las personas.
Sin embargo, la vida espiritual puede ser comprendida como un hábito, estilo de vida, valor, que desde temprana edad se puede enseñar al niño.
Aunque el niño no vea o perciba visible y físicamente a un Dios invisible, sí puede conocer el valor de la fe, que permite asimilar la existencia de Dios, cuando ve el ejemplo en sus padres al tener una relación y reverencia para con Dios.
Algo que suena tan natural, no es la cotidianidad en los hogares de millones de familias. Se puede asumir que la espiritualidad es la capacidad y facultad de entablar una relación con Dios mediante la oración, además de vivenciar un estilo de vida moral adecuado. Esto presupone un cambio constante en la persona, cambio en el cual Dios le ayudará a corregir y erradicar lo que sea necesario.
Las niñas, entonces, requieren de esa fortaleza al poder contar con un Dios que les protege, les comprende y suple en sus distintas carencias. De allí que la oración constituye el alimento que introduce, consolidad la espiritualidad, o la naciente espiritualidad en los niñas.
Para ello es necesario presentarles a los niñas un Dios de amor, con unos atributos específicos y especiales (amor, misericordia, perdón, santidad, justicia, amistad, protección…), con los que puede contar en cualquier circunstancia.
Las niñas asimilan paulatinamente la importancia de Dios cuando ven el testimonio en su mayores (padres, educadores, líderes, cuidadores), y perciben que Dios escucha diversas peticiones que forman parte de la vida cotidiana (el hogar, el colegio, el trabajo…). El acto de hablar con Dios (oración) se vuelve un acto real, mediador de las necesidades de las personas.
La oración en el hogar, en el salón de clases, en el grupo, enseña la gratitud para con Dios, además de reconocer sus importantes cualidades divinas. Por supuesto que esto es posible de transmitirlo a los niños, siempre y cuando los que están a cargo de su formación integral profesan la fe y tienen en cuenta a Dios en los eventos y decisiones de su vida.
Este valor de la Fe es muy importante y no debiera aparecer tan superfluo, puesto que en la vida espiritual se encuentran incontables momentos de felicidad, plenitud y satisfacción personal. Si somos capaces de privilegiar la tecnología con sus maravillosos avances, la ciencia, las actividades recreativas, los proyectos personales, por qué no dar valor a la espiritualidad en los niños, como la forma de contribuir a la creación de una sociedad más humana, precisamente por los valores espirituales que practican las personas.
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